Convivencia social: ¿negociación, acuerdo, alianza,…

amistad?

 

Conversación

No todas las relaciones humanas son relaciones sociales, lo que da su carácter propio a las distintas clases de relaciones humanas son los sentires íntimos que fundan y guían el emocionear que sostienen los haceres que las realizan. Cuando esto no se entiende hay confusión de dominios en lo que se siente, se dice y se hace en las distintas situaciones de convivencia; confusión de dominios que se hace evidente en enojos y frustraciones por malos entendidos y quejas por el no cumplimiento de promesas que después se ve que nunca fueron hechas.

Para que nos encontremos al menos en un saludo que de hecho sea saludo y no una mímica, debemos encontrarnos en un instante de mutuo respeto, en un acto fundado en los sentires íntimos que admiten al otro como un legítimo otro en ese momento de convivencia. Y el espacio relacional o emoción que esos sentires constituyen, es el del amar como un fluir relacional que cursa sin expectativas, sin exigencias. El vivir y el convivir humano no ocurren como un mosaico de sentires, emociones y haceres, ocurre como un fluir de procesos entrelazados en el que las distintas conductas surgen con un carácter u otro en la relación organismo nicho según el curso operacional-relacional que sigue la deriva ontogénica de la unidad organismo-nicho en su realización en el ámbito ecológico que integra. En este proceso cambian las configuraciones de sentires íntimos y el emocionear que se vive, y el curso y sentido de los haceres que se hacen cambian según las distintas configuraciones de sentires íntimos y emociones que van surgiendo momento a momento en el fluir de los encuentros que se viven en el vivir y convivir de la deriva ontogénica. ¡Por favor, no arrisquemos la nariz! Todos sabemos esto desde nuestros sentires íntimos y desde ellos todos somos conscientes de cómo cambia la naturaleza de lo que hacemos en el curso de nuestro conversar cotidiano. Por esto mismo todos podemos darnos cuenta de que los distintos nombres que damos a las distintas clases de relaciones que convivimos evocan diferencialmente las distintas configuraciones de sentires íntimos y emociones que las sustentan. Y es a este saber íntimo de nuestro vivir y convivir cotidiano a lo que apelo para que nos hagamos cargo de que nos damos cuenta de los sentires íntimos y emociones que guían y sustentan lo que hacemos en nuestra convivencia, y para que no pretendamos que no sabemos lo que sabemos. Lo que diré a continuación no son definiciones, sino que son abstracciones de las distintas configuraciones de coherencias operacionales-relacionales que vivimos en nuestro vivir cotidiano y de los sentires íntimos y emociones que las sustentan.

Así, si lo pensamos seriamente veremos: Que las relaciones sociales son relaciones de mutuo respeto y mutua confianza, y la emoción que sustenta lo social como un ámbito o espacio de relaciones de mutuo respeto y mutua confianza, es el amar; que la amistad, la colaboración, la coinspiración… son relaciones que ocurren en un ámbito social; que las dimensiones operacionales-relacionales de la amistad, la colaboración y co-inspiración son diferentes en cada caso, pero todas ocurren sólo en un espacio social pues todas ellas se fundan y sostienen en la configuración de sentires íntimos, emociones y haceres del amar. Que las relaciones de trabajo surgen en un ámbito social pero no son relaciones sociales, sino que son relaciones de acuerdo de intercambio de un cierto quehacer por un salario o remuneración; que las relaciones de trabajo surgen en un espacio social que es el ámbito de mutuo respeto que hace posible el acuerdo de trabajo; que cuando un trabajador o un patrón se queja del no cumplimiento de los pagos o de la realización de las tareas acordadas, se quejan en el ámbito de las relaciones de trabajo, pero cuando uno y otro se acusan de deshonestidad, se quejan en el ámbito de las relaciones sociales.

Que una negociación es una conversación que busca la armonización de intereses o deseos contrapuestos, y es posible sólo en un ámbito de mutuo respeto restringido que queda definido por la naturaleza de la negociación; que el acuerdo es una conversación que intenta coordinar deseos en un aspecto particular del ámbito social amplio del mutuo respeto de la convivencia; que una alianza es una conversación en la que se coordinan acciones y deseos en una intersección circunstancial particular de ámbitos sociales disjuntos; que la amistad es un ámbito de búsqueda y disfrute de la compañía de otro, otra u otros, en un ámbito social abierto a todas las conversaciones reflexivas en el mutuo respeto y la total confianza mutua.

Si no distinguimos estos distintos dominios no podemos resolver adecuadamente las quejas, los desacuerdos y los malos entendidos, y no hay solución satisfactoria para ellos porque en la confusión cada uno de los participantes espera acciones en un dominio operacional-relacional distinto de aquel en el que el otro u otra se encuentra. Cuando esta confusión de dominios sucede y no se está íntimamente dispuesto al mutuo respeto, lo que ocurre son acusaciones recíprocas de testarudez y mala voluntad, generándose un ámbito de sorderas que durará hasta que alguno de los participantes se dé cuenta de ello e invite a mirar de manera reflexiva los fundamentos desde dónde escucha cada uno de los participantes. Y para que esto ocurra tiene que surgir un ámbito social mínimo que abra la posibilidad del mutuo respeto y de la confianza mutua, cosa que podrá ocurrir sólo cuando nos encontremos honestamente queriendo la convivencia a que nos llevaría ese encuentro.

Esta confusión de dominios es lo que ha sucedido entre nosotros en el desencuentro tan repetido en el tema de las conversaciones sobre la educación en el ámbito del deseo de acabar con la discriminación cultural y económica en ella. Si en verdad queremos convivir respetándonos unos a otros acabando con la discriminación en la educación, la solución no va por la lucha en el intento de salir victoriosos en la derrota del oponente, sino que por el deseo y compromiso por crear el ámbito de convivencia social psíquico, económico y de acción en el cual esa discriminación no surge. En fin, lo que le da el carácter relacional propio a cualquier actividad de convivencia humana es la configuración de sentires íntimos y emociones que guía el curso que sigue el convivir. Así, por ejemplo no nos damos cuenta de que la emoción que sustenta el deseo de recibir una remuneración legítima por una tarea bien hecha es diferente de la emoción que sustenta el deseo de lucrar con la actividad remunerada que se hace.

En el primer caso ese deseo se sustenta en la disposición honesta y seria de realizar la tarea comprometida de manera impecable, en el segundo caso el deseo se sustenta en la disposición a subordinar la realización de la tarea comprometida al gasto mínimo con el fin de maximizar la ganancia personal aún en desmedro de la calidad de la realización de la tarea prometida. Mientras no nos hagamos cargo de que son las configuraciones de sentires íntimos y los ámbitos emocionales que se generan en el fluir del vivir-convivir lo que en todo instante guía lo que hacemos, no dejaremos de confundir dominios operacionales-relacionales, y lo único que nos permitirá disolver esas confusiones será la reflexión sobre los fundamentos desde donde decimos lo que decimos en el deseo íntimo de convivir como personas honestas, serias y audaces moviéndonos en el respeto por nuestras diferencia en el deseo de conservar y armonizar nuestro convivir.

Y si hacemos esto podríamos tener la audacia de aceptar la invitación que nuestra canción nacional nos hace al final del coro, agregando a ese final tres palabras: “… que o la tumba será de los libres o el asilo contra la opresión… y toda discriminación”.

Humberto Maturana Romesín

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Mi verdad… tu verdad

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Lo divino ha sido fuente de alegrías, de reflexiones éticas, de experiencias estéticas y de felicidad íntima, a la vez que de experiencias espirituales transformadoras del sentir y el hacer que amplían su visión de su dignidad humana en la autonomía reflexiva y de acción que su condición de seres biológico-culturales amorosos trae consigo. Es sólo cuando nos sumergimos en los fanatismos y fundamentalismos con los que buscamos obligar a otros a que se sometan a nuestras preferencias políticas, místicas o religiosas, que generamos el convivir de discriminación y exclusión que origina y conserva el dolor y sufrimiento que surge cuando se niega a las personas la autonomía reflexiva y de acción propia de su vivir humano ético-social como seres biológico-culturales.

Los fanatismos y fundamentalismos niegan la experiencia de lo divino al subordinar los sentires y haceres del vivir y convivir a los designios de la vanidad y la ambición. ¿Pudiera ser de otra manera? La experiencia espiritual como experiencia de ampliación de la consciencia de pertenencia en un ámbito más amplio de existencia que el vivir cotidiano que sólo el ver del amar muestra, es siempre una experiencia ética, y como tal no genera conflicto desde si misma.

Es sólo cuando no respetamos la experiencia de otro, y queremos imponer la nuestra sin reflexionar sobre el convivir que queremos convivir, que aparece el tema de la verdad, y con ella la sutil negación discriminadora cuando decimos, “esa es tu verdad, mi verdad es otra”. ¿Cómo será?

Humberto Maturana Romesín

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El niño dios… ¿Niño Dios? … ¿Dios niño? … ¿niño Dios?

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Sí, ya pasó la Navidad. Ya pasaron los reyes magos, y nosotros, UD, yo, estamos aquí, acogidos en el calor del verano, … recordando … al Dios Niño o al ¿niño dios?

Dios surge en los albores de nuestra existencia humana en nuestro intento de explicar y comprender nuestro vivir, y lo hace como un ente poderoso que nos ofrece bienestar pero que se vuelve amenazante a la vez nos castiga si no cumplimos sus mandamientos, y nos exige que demos lo mejor de nosotros, nuestra vida misma, para hacer su voluntad. En cambio el Niño dios nos conmueve como niño recién nacido abierto al amar.

El niño nos invita a amar, a ser nosotros mismos en nuestra autonomía como seres primariamente amorosos desde nuestro ser biológico-cultural. El niño nos invita al vivir que ve, que es el vivir del saber mirar del amar que surge si aceptamos su invitación, dejando el vivir -ciegos del desamar.

El Niño Dios nace confiado en ser acogido y amado en su sutil e infantil legitimidad, y al ser amado por nosotros por ser niño al nacer, nos abre la mirada en una oportunidad reflexiva que nos permite vivirlo y explicarlo todo desde el don mayor del vivir humano que es la consciencia de que vivimos y de que sabemos que sabemos que vivimos. Don este que el vivir-ver de niño, aún presente en el niño Dios en su vervivir de niño, ha hecho posible nuestra consciencia ética en nuestra historia Homo sapiens-amans amans desde nuestro origen en la familia ancestral como seres biológico-culturales.

El vivir nos ocurre, y en el devenir de la historia de nuestro vivir humano Dios nos ocurre también, como un entrelazamiento de lo maravilloso y lo inexplicable de la armonía y arbitrariedad del ocurrir de nuestro vivir. Y en ese ocurrir Dios surge primero como donador de todo bien-estar, y luego como aterrador inventor de todo castigo porque nosotros sus criaturas, hemos creado la consciencia de sí, la consciencia reflexiva y el ver ético desde el amar, al ser tocados sin que él lo supiera por su vivir-ver de niño. Vivir-ver de niño que era el mismo en el momento en que se reencontró con su sabiduría en el dejarnos a los humanos hacer-ser en el amar.

Puede que Dios haya surgido de esta manera en el curso la deriva evolutiva biológicocultural que nos dio origen como seres humanos con la aparición de la familia ancestral unos tres millones de años atrás, o puede que no haya sucedido así, pero es ahora que nos encontramos con la locura mística mundana de la natividad del niño Dios. Y es ahora, después de la Navidad, cuando en nuestro vivir la pregunta que nos hacemos no es ¿cómo surgió Dios? sino que ¿cómo vivimos en el presente que vivimos el haber celebrado en la Natividad la presencia psíquica-mística del Niño Dios?.

¿La celebramos? ¿Nos conmueve? ¿Celebramos el Dios Niño o más bien es al niño dios a quien celebramos? El niño dios es más cercano pues es desde el nacer niños amorosos que han crecido vistos, respetados y cuidados con ternura por los mayores con quienes convivieron-vivieron, que esos niños que fuimos han podido conservar el fundamento amoroso que les ha permitido a su vez ser mayores amorosos, tiernos y éticos.

Porque no seríamos mayores capaces de conservar el linaje amoroso, tierno y ético que queremos conservar al celebrar la natividad del Dios niño si no hubiésemos sido acogidos y cuidados por mayores amorosos, tiernos y éticos. Y tal vez lo más maravilloso es que en el fondo de nuestros sentires íntimos sabemos que todos los mayores y menores que vivieron siendo negados en el desamar, buscan, sin saberlo, también desde el fondo de sus sentires íntimos, encontrarse con mayores que desde el amar despierten en ellos al dios niño dormido en el desamar.

Humberto Maturana Romesín 

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El trabajo dignifica: ¿dignifica? ¿dónde? ¿cuándo?

 

 

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“El trabajo dignifica al hombre” se dice. Y el trabajo ¿dignifica también a la mujer? Tal vez el trabajo dignifica al ser humano. La leona que caza un antílope ¿trabaja? El pintor que disfruta pintando un cuadro ¿trabaja?; y la mujer que da de mamar a su bebé ¿trabaja? Tal vez el trabajo que dignifica es el que implica una remuneración que proporciona quién se beneficia con el trabajo de otro, en circunstancias que esa remuneración constituiría el aporte de energía que permitiría a ese otro y su familia vivir dignamente. Las personas cualquiera sea su sexo o color quieren vivir dignamente, esto es, de una manera que no les avergüence, que no sientan que tienen que ocultar, que no les genere resentimiento social, … de una manera, en fin, en la que no viven la amargura de faltarse el respeto a sí mismos.

La historia de la humanidad ha consistido en una continua generación y transformación de mundos en los que los seres humanos como personas nos hemos hecho progresivamente más y más interdependientes en la producción de nuestros medios de subsistencia. Y esto como el resultado de un convivir en una red recursiva de servicios recíprocos con los cuales se satisfacen nuestras necesidades vitales de modo que ya no podemos existir simplemente como habitantes de una biosfera que no nos puede sostener sin los artificios de lo que hacemos para producir todo lo que necesitamos en nuestro vivir biológica-cultural. En fin, ¿vivimos y convivimos en un antroposfera reflexiva, mística, estética, científica, tecnológica y … ¿ética?, que genera el flujo recursivo de energía que necesitamos todos las personas para un vivir digno? ¿Vivimos y convivimos así? ¿Vivimos y convivimos en una red cerrada de servicios recíprocos que constituyen una red cerrada de coordinaciones de haceres, sentires, emociones y el flujo de energía necesario para nuestro vivir digno como personas? Si vivimos así entonces tal vez no baste con decir que “el trabajo como servicio remunerado dignifica a las personas que lo realizan”; tal vez debamos decir que “el participar en el flujo de energía que remunera con la remuneración adecuada los servicios de convivencia que aceptamos dignifica a las personas que lo hacen.”

Una comunidad humana que hiciese posible ese vivir-convivir en armonía dinámica con la biosfera en una unidad coherente antroposfera-biosfera, sería una comunidad generadora de bien-estar que como una obra de arte cambiante genera y conserva continuamente la dignidad humana en la creación continua de ese vivir-convivir.

¿Será esto posible? ¿Será posible que queramos convivir así en la libertad creativa del mutuo respeto de un presente cambiante continuo que quiere conservar ese vivir? ¿Será posible crear cotidianamente un convivir en el que el trabajo dignifique al las personas y no las sumerja en el resentimiento de saberse continuamente abusado, o en la vergüenza íntima de tener que esconder el saberse abusador?

Para hacer esto o cualquier otra cosa tenemos conocimientos e imaginación creativa. ¿Queremos hacerlo? Y si no queremos hacerlo, ¿qué adicción nos detiene? ¿por qué no queremos hacerlo?

Humberto Maturana Romesín

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Preguntas y respuestas educadoras del alma

 

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Vivimos un presente generador de dolores en la antroposfera y la biosfera que surgen de nuestras cegueras culturales. Sin duda pareciera que vemos pues damos nombres y hacemos distinciones de cosas, entes, procesos, cumpliendo la recomendación bíblica a Adán en la que el creador le pide que de nombre a todo lo que ve o distingue en el Jardín del Edén.

Pero Adán ya es grande cuando surge a la vida encontrándose con sustantivos sin ver sus fundamentos. No tuvo infancia, no tuvo madre que lo guiase a ver que lo fundamental del sustantivo es el verbo que oculta. Y cuando Eva aparece a su lado en ese mito, y lo invita a probar la fruta del árbol del conocimiento del bien y el mal y ambos comen, él y ella confunden el verse a sí mismos con el sexo, y sienten culpa pensando que algo hermoso, tierno e iluminador como el encuentro íntimo con el vivir es pecaminoso. En el miedo se ocultan, y pierden el Paraíso. Eva tampoco tuvo infancia.

Ni Adán ni Eva tuvieron una madre y un padre que les enseñase a reflexionar para ver, o que los acogiesen en la ternura para no alejarse del amar, como sus hijos pudieron tener. El conversar con los adultos, con la mamá y el papá y con los otros miembros de la familia y la comunidad, es lo que nos guía en nuestra formación humana, y ese conversar ocurre como un juego de preguntas y respuestas que amplían nuestra visión de mundo, afinan nuestra sensibilidad y dan profundidad a nuestra comprensión de nuestro vivir y convivir … o a veces, al contrario, desde las exigencias, el castigo o la negación restringen nuestra inteligencia, opacan nuestra sensibilidad y nos alejan del amar.

Es la ternura en el conversar con la mamá y el papá lo que nos conserva Homo sapiensamans amans. El conversar educador del alma es fácil, todo depende del querer que se quiere. Si amas escuchas pues el amar ocurre en el escuchar, si tocas con ternura amas pues el amar ocurre en el tocar con ternura, si miras y ves amas pues el amar ocurre en el ver. Y sin saberlo al contestar a los niños y niñas sus preguntas, ellos y nosotros aprendemos los caminos amorosos del alma. “Mamá, papá, ¿Cómo se hace?” En esa pregunta el niño o la niña muestra no sólo que quiere aprender un hacer, manual o relacional, sino que quiere aprender a hacerlo bien. Y hacerlo bien es hacerlo como la mamá o el papá. Todos queremos hacer bien lo que hacemos si podemos preguntar cómo se hace, y si no somos negados con una respuesta que no nos ve. Sin duda las mamás y los papás y los profesores y profesoras no lo sabemos todo, y no perdemos dignidad si decimos “no lo se, pero podemos buscar la respuesta”, y buscamos con los niños y niñas una respuesta de una manera que sea conmensurable con el presente de su vivir.

Y cuando hacemos eso educamos y mostramos que el no saber es tan digno como el saber, porque la dignidad del saber esta en saber que no se sabe cuando no se sabe, y estar dispuesto a buscar y aprender. “Mamá, Papá, ¿qué es eso que veo allí?” “Ven mi pequeño vamos juntos a mirar.” “Juguemos a descubrir lo que es y lo que no es.” Y sin saberlo generamos el encanto del convivir escuchándonos, creando un mundo juntos, sí, de la mano, en brazos, caminando, cabalgando en las olas del amar-ver, del amaroír, en el amar que hace el placer de hacer juntos lo que hacemos juntos con las flores, los insectos, los otros seres que nos guían en nuestro ser seres humanos.

Pero el saber es también y sobre todo reflexionar, y esto se aprende conversando con la mamá o el papá, cuando ella o él lo acogen a uno niño-niña en su infancia abierta a llegar a ser -saber en su vivir amans , y le preguntan: “Mi pequeño, ¿te das cuenta de lo que estas haciendo?” Y esta pregunta abre el camino al mundo humano integro, al darse cuenta de que uno puede darse cuenta de que no quiere hacer lo que quiere hacer. En último término allí esta lo humano, lo que Adán y Eva descubrieron al perder el paraíso ganando en ese mismo instante la posibilidad de recuperarlo, si lograban escuchar en si mismos, al conversar el uno con el otro, el surgimiento de las preguntas fundamentales al amarse.

Hay otras sin duda, pero estas no surgen solas en la soledad, no surgen en el sometimiento y negación de si mismo de la obediencia, surgen en la autonomía del querer saber, del querer hacerlo bien, del querer verse y querer ver al otro o lo otro en su legitimidad, sin disculpas, sin arrogancia, sin expectativas, sin prejuicios, en el encanto de descubrir que los mundos que vivimos son obra nuestra. Los dolores que generamos en nuestro vivir cultural, los dolores que generamos en nosotros, en otros, en la antroposfera y en la biosfera, vienen de nuestras cegueras, de nuestro no saber mirar, de no haber aprendido las preguntas fundamentales que liberan el alma del desamar y nos encontramos viviendo lo que hacemos como Homo sapiens-amans amans.

Adán y Eva no tuvieron infancia, pero nosotros ahora podemos tenerla cada día siendo papás y mamás en la reflexión enseñándonos a nosotros mismos a mira y escuchar para así poder escoger que queremos hacer y que no queremos hacer. Vivimos un momento histórico en el que podemos hacer cualquier cosa que se nos ocurra, ¿pero tenemos que hacer cualquier cosa que se nos ocurra?, o podemos decirnos “Mira mi pequeño, ¿quieres hacer lo que quieres hacer por el sólo hecho de que lo puedes hacer?” “Puedes escoger, si quieres de verdad vivir tu vivir Homo sapiens-amans amans.”

Nuestra mamá nos lo mostró a mi hermano y a mí una vez cuando teníamos doce y once años diciéndonos: “El pecado no existe, las conductas no son buenas ni malas en sí, son adecuadas o inadecuadas, oportunas o inoportunas, respetables o no respetables, y es responsabilidad de cada uno saberlo y escoger lo uno o lo otro al actuar”.

 

Humberto Maturana Romesín

 

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A propósito de la política

 

 

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Frecuentemente escuchamos preguntas sobre si ciertas acciones, temas, reflexiones o conversaciones son políticas o no. La palabra política viene del vocablo griego polis que evoca a las ciudades estado de administración autónoma en que habitaban las distintas comunidades en la Grecia antigua. De modo que, aunque el diccionario comúnmente no lo dice, de lo anterior se deduce que todos los temas de la convivencia de ciudadanos en una polis estado son de hecho temas políticos. Y son ciudadanos sólo quienes son aceptados como miembros de la polis estado. En el origen de las ciudades estado griegas no todos los habitantes de la ciudad eran ciudadanos y había distintos criterios de exclusión o discriminación según si el tipo de gobierno en ella era monárquico o aristocrático.

Sólo con la revolución filosófica y jurídica de Solón que entrega el gobierno de la ciudad estado directamente a los ciudadanos, aparece el intento de ampliar la ciudadanía suprimiendo criterios de discriminación en la constitución de un gobierno democrático. Revolución filosófica y jurídica que al negar la discriminación introduce el amar de manera implícita, muchas veces invisible, en el fundamento último de su operar. Y esto es así porque los sentires íntimos del amar son los únicos que permiten ver que toda discriminación se funda en el desamar.

En Chile, nosotros pertenecemos a una historia de convivencia que ha buscado generar y ampliar la ciudadanía democrática a todos los habitantes del país intentando encontrar una forma de gobierno que sea efectivamente participativa y no discriminadora en un vivir cultural que hasta ahora se sustenta en una psiquis cultural básicamente discriminadora fundada en el desamar. Una cultura ocurre como un modo de convivir definido por un modo de sentir, desear y hacer, que uno aprende a realizar y conservar sin darse cuenta desde pequeño con los mayores con quienes convive en el lenguajear y el conversar. El niño o niña aprende este modo de convivir de manera inconsciente desde su nacer habitando en las redes de conversaciones en que participa con los mayores con quienes convive haciendo lo que ellos hacen en su convivir relacional. Todos sabemos esto. Y todos sabemos también que solamente podríamos salir de una psiquis discriminadora que pudiésemos haber aprendido en nuestra infancia, a través de un acto reflexivo.

Acto reflexivo que sólo podemos aprender a hacer haciéndolo con los mayores que lo hacen en un convivir psíquico que lo permite, como el convivir democrático, porque éste está fundado en el ver del amar. En estas circunstancias, ¿qué es hacer política? o ¿cuándo hacemos política en una convivencia democrática?

Todo acto cotidiano, desde comprar el pan hasta el cumplir o no cumplir con nuestros compromisos, o el manifestar o no manifestar las opiniones que uno tiene, valida un modo de convivir ciudadano y por ello es intrínsecamente un acto político. Todo acto humano valida consciente o inconscientemente un modo de convivir en la comunidad a la cual pertenece la persona que lo realiza, y es por ello de hecho siempre un acto político. Incluso el acto de meditar en la soledad mientras se permanece conectado con la comunidad que le permite a uno vivir declaradamente fuera de ella, es un acto político. Todo acto político surge inmerso en la psiquis cultural-relacional de la persona que lo hace.

Las personas somos siempre creadoras, conservadoras y responsables de las comunidades, realidades y psiquis cultural de los mundos que generamos con las redes de conversaciones que vivimos y que nuestros descendientes conservarán en su propio vivir. En estas circunstancias el intento de un convivir democrático es un acto creativo, una obra de arte de la convivencia no discriminadora en el mutuo respeto, que surge como un proyecto común consciente que quiere generar continuamente un convivir que nos permita ver y corregir las discriminaciones que generamos en el devenir de cambios que nos toca vivir y que nos alejan de ese proyecto común. Tal proyecto común requiere que seamos conscientes de que todo lo que hacemos son siempre actos políticos con los que generamos y conservamos los mundos que vivimos. Consciencia ésta que solo es posible en un convivir democrático que es el único convivir abierto a la reflexión en el mutuo respeto porque es el único convivir que se funda en el ver del amar.

¿Tenemos consciencia de nuestra responsabilidad política, hoy en este presente?

¿Qué modo de convivir conservamos hoy en nuestros actos políticos cotidianos?


Ximena Dávila y Humberto Maturana. 

 

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¿Plasticidad conductual?


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Un día entre los días fuimos invitados a dictar una conferencia en una universidad extranjera. Ésta debía ser dictada en un salón importante de la Rectoría de la universidad a la seis de la tarde. Debido a circunstancias totalmente inesperadas el personal de apoyo no trabajaba ese día y nos encontramos con que el sistema de audio operaba mal y de hecho parecía inutilizable. El profesor responsable se sentía incapacitado y estaba desesperado. El auditorio estaba repleto, ¿qué hacer?. Ximena me preguntó: ¿Lo cambiamos todo? ¿Sin micrófonos ni parlantes? ¿Invitamos al público a participar y a conversar?Y ambos dijimos de inmediato en el mejor ánimo de la poética oral: Sí, hagámoslo, ya que sólo así todos nos veremos y nos escucharemos de verdad viéndonos y escuchándonos. Nos paramos y caminando por delante de la mesa rectoral y sus micrófonos en ese momento inútiles, invitamos a que hicieran preguntas: preguntas por favor, sólo así podremos saber dónde están ustedes y dónde estamos nosotros.La conversación duró más de lo planeado, y todos al final parecían encantados con lo sucedido. Reflexionamos, conversamos. Escucharon, se escucharon, y fueron escuchados.

Una planificación es el diseño y proposición de la circunstancia y de los pasos a seguir para asegurarse de que un cierto proceso sea efectivo en la generación de un resultado deseado. Sin embargo las planificaciones nunca resultan si uno se apega a ellas. Y esto es así porque el acto mismo de intentar asegurar el suceder de una planificación ocurre en un ámbito más amplio que aquel en que ésta se propone, lo que inevitablemente distorsiona las dimensiones operacionales-relacionales del presente cambiante que ella generaría en una dinámica que alteraría la dirección del hacer llevándolo a un resultado diferente del deseado. La salida está en la inteligencia, en la plasticidad conductual frente a un mundo cambiante, en la disposición a soltar la creencia de que la eficiencia y efectividad de la realización de una tarea o proceso dependen del apego a lo planeado. La eficiencia y efectividad del hacer están en la noplanificación del planificar, esto es, en no sujetarse de lo planificado en el hacer y estando siempre dispuesto desde el amar a mirar en el amar el hacer que se hace, sin expectativas, sin exigencias y sin supuestos. Existimos en un suceder de continuo cambio en el seno del cual surgen núcleos de conservación de configuraciones dinámicas de proceso que constituyen sistemas que existen como distintas clases de entes discretos mientras se dan las condiciones en las que se conserva en cada caso el ocurrir de la configuración de procesos que define su singularidad particular. Los seres vivos como componentes del cosmos cambiante de nuestro existir somos una clase particular de estos sistemas, y los humanos somos una clase particular de seres vivos que al vivir en el lenguajear y el reflexionar pueden mirar su vivir y cambiar su Devenir según sus preferencias y deseos. En estas circunstancias el arte y la ciencia del no-planificar en el planificar está en entender la naturaleza de la red sistémicasistémica-sistémica de procesos (ver Post Scriptum) en que uno se encuentra en el vivir a la vez que en saber a dónde se quiere ir como un camino que se define momento a momento desde lo que se quiere conservar.

Los mamíferos somos animales particularmente curiosos, continuamente procuramos mirarlo, olerlo, tocarlo todocomo resultado de tener la corteza cerebral mamífera. Los seres humanos como mamíferos somos curiosos y como ellos procuramos mirarlo, olerlo, tocarlo todo y además como seres en el lenguaje queremos reflexionarlo todo en un ámbito cultural actual de vanidad en el que queremos controlarlo todo, y al dejar que ese querer nos guíe perdemos plasticidad, se nos estrecha la inteligencia y nos apegamos a planificaciones y olvidamos el no-planificar en el planificar. ¿Será necesario controlarlo todo, o podemos confiar en la colaboración y la co-inspiración que amplía la inteligencia desde el amar? A no ser que nuestro sentir en el apego al control nos esté indicando otra cosa.

Fue una de las tantas memorables experiencias placenteras que hemos vivido en el hacer de la Escuela Matríztica de Santiago.

Post Scriptum: Las ideas no están flotando libres por ahí en una consciencia cósmica, son siempre visiones o abstracciones del vivir hechas por una persona individual aunque muchos digan después: era evidente. La ampliación de la comprensión operacional y conceptual de nuestra existencia sistémica expresada por la evocación sistémico-sistémico-sistémico fue planteada por primera vez por Ximena Dávila Yáñez en un congreso de Terapia Familiar en la Universidad de Kent en Inglaterra el año 2006.

Humberto Maturana Romesín.

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Un abrazo desde Chile

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Amigas y Amigos de México,

Desde Matríztica, queríamos enviarles un abrazo lleno de esperanza, fuerza y energía para acompañarlos de alguna manera en este momento doloroso.

El planeta tierra, cómo nicho que hace posible nuestro vivir, de vez en cuando nos estremece con sus ciclos naturales, dejando como consecuencia en los mundos sociales y culturales que hemos construido, situaciones dolorosas que nos conmueven.

En este presente cultural que vivimos, eventos estremecedores cómo estos también iluminan la bondad y generosidad que habita en cada uno de nosotros. De manera espontánea aflora nuestra naturaleza cómo seres esencialmente “amorosos” que nos permite poner a disposición de la comunidad toda nuestra presencia para colaborar, ayudar y ofrecer una mano a quien más lo necesita.

En Chile, sabemos bien que la naturaleza se manifiesta de maneras inesperadas y desde esa emoción, acogemos y entendemos su dolor, y a su vez, desde la humildad, queremos compartir palabras de esperanza con ustedes, ya que confiamos en la fuerza de la re-generación, misma fuerza que, en nuestro país, nos ha tocado vivirla como una condición de existencia más que como una opción.

Los invitamos a vivir este momento desde la posibilidad de que surjan nuevos inicios, regenerar nuestro modo de co-existir con otros y con nuestra tierra. A re-generar relaciones con aquellos seres queridos que nos acompañan y encontrarnos construyendo un mundo más armónico y amoroso.

No importa en qué parte del mundo nos encontremos, siempre tenemos la posibilidad de conectarnos y enviar nuestras energías a aquellos que lo estén pasando mal. Por ello también ofrecemos nuestra ayuda en todo lo que sea necesario y expresamos nuestro apoyo fraterno a todas las personas, familias y comunidades humanas que viven en este hermoso país que es México.

Equipo Matríztica.

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Til Til: ¿Qué queremos?

FOTO: RODRIGO SAENZ/AGENCIAUNO

FOTO: RODRIGO SAENZ/AGENCIAUNO

Sin dudas que los desechos que producimos deben estar en algún lugar destinado a eso para su procesamiento cuidadoso, sin duda esos desechos debieran estar alejados de la comunidad por las externalidades que generan, sin duda la logística de esto debiera ser acorde con los presupuestos municipales y del gobierno, pero ¿cómo armonizar todo esto? ¿cuál es el propósito? ¿abaratar costos o el cuidado de la comunidad? El colocar un vertedero cerca de una comunidad genera mal-estar en diferentes escalas, ¿nos importa? ¿nos hacemos cargo?

Si lo que nos interesa es el bien-estar de la comunidad, haremos todo los posible desde nuestros distintos ámbitos de responsabilidad para el cuidado de la comunidad. ¿Qué se requiere para que actuemos todos de manera co-operativa y oportuna? ¿A quiénes debe importarle participar en la solución? ¿Solo a la comunidad afectada? ¿Solo al municipio? ¿Al gobierno regional? ¿al ministerio? ¿a los parlamentarios? ¿a la justicia?

Quizás la respuesta adecuada y oportuna desde una perspectiva sistémica y ética, sea a todos nosotros. Pero, ¿cómo hacerlo?

Por ejemplo, primero invitarnos a cambiar la mirada sobre como entendemos el problema para encontrar una solución diferente. Hablamos mucho de innovación social… aquí hay una oportunidad para practicarla. Y hacerlo desde acciones globales a acciones locales, pero conectadas. Aún así, no será fácil.

Si queremos por ejemplo participar reciclando o educar en el reciclaje de nuestros desechos, ¿tenemos lugares, vehículos, procedimientos de tratamiento y personas preparadas para esto? ¿tenemos plantas lo suficientemente modernas de reciclaje?

Quizás la respuesta sistémica más clara sea profundizando nuestra democracia.  Profundizarla practicando las dinámicas relacionales que la constituyen: respetándonos, siendo honestos, colaborando, actuando con ética y equidad, reflexionando y conversando desde nuestra diversidad de miradas, historias, experiencias y miradas. Porque de esa manera, como ciudadanos, nos preocuparemos de reciclar porque entendemos que eso contribuye a la conservación de nuestra condición humana.

Todos los seres vivos transformamos nuestro entorno con lo que hacemos y dejamos de hacer, y todos lo hacemos de distinta forma y con distintos ámbitos de impacto. Habitar en armonía ecológica y humana depende de nosotros. ¿Colaboramos desde el importarnos mutuamente? o ¿Competimos desde el no importar quien pierde?

Para ser éticos y responsables, siempre el presente es el momento oportuno para actuar. Tenemos todas las herramientas científicas, tecnológicas, sociales y culturales necesarias, ¡Usémoslas entonces ahora para el bien-estar de todos! Al menos preguntémonos, ¿quiero convivir y co-existir en un Chile donde la comunidad de Til Til importe tanto como la que yo habito?

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Deber hacer… tener hacer… querer hacer

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Vivimos haciendo lo que hacemos muchas veces en la contradicción íntima de no
querer hacer lo que hacemos. Contradicción intima que no vemos, no queremos ver, o no sabemos cómo ver, pero que sufrimos en cuerpo y alma aun siendo inconscientes de lo que nos sucede. Sí, vivimos la mayor parte de nuestro vivir inconscientes de cómo vivimos lo que vivimos, y tenemos palabras o expresiones que evocan sentires íntimos de los que no somos conscientes y no sabemos que son parte de los mundos que generamos en el fluir de nuestro vivir-convivir. Sentires íntimos que cuando los vemos también vemos que guían nuestro vivir en el bien- estar o mal-estar relacional.
En fin, sentires íntimos sobre lo que hacemos que cuando los distinguimos porque hemos aprendido a distinguirlos en nuestro conversar con otros, o nos sorprendemos porque descubrimos que no sabemos distinguir si queremos lo que queremos, o si no queremos lo que queremos. Así, al decir “debo hacerlo …” estamos diciendo que algo nos obliga y que ese obligar es lo que importa; al decir “tengo que hacerlo …” decimos
que algo nos obliga y que ese algo nos pesa; y al decir “quiero hacerlo …” decimos queel hacer que vamos a hacer nos encanta, que nada nos obliga y que en el hacerlo están nuestras ganas, … nuestra voluntad.

En el entre juego de nuestro oscilar entre el deber … el tener … y el querer… se nos va la armonía del vivir y nos enredamos en el pasado o el futuro, pero, ¿qué sucede con el presente? Nuestro vivir y lo que hacemos en el fluir cambiante de nuestro vivir es el presente, es todo lo que hay, todo lo que somos, el cosmos mismo de nuestro existir, es el presente. Es el cómo estamos ahora, la reflexión que hacemos ahora, los sentires íntimos que sentimos ahora, lo que guía el curso del presente cambiante que vivimos y lo que hace al pasado y al futuro también el ahora que vivimos. Los seres humanos inventamos el tiempo en la reflexión haciendo el pasado y futuro el ahora que vivimos en un mirar donde cabe el escoger desde la ventana operacional de las ganas y la voluntad. El escoger nunca es un acto banal, constituye lo que se conserva en el fluir cambiante del presente continuo del vivir, y lo hace en una dinámica reflexiva en la que los sentires íntimos guían en un fluir de conservación y cambio en la que lo que se quiere hacer deja de quererse y lo que no se quiere hacer pasa a ser querido al vivir la libertad en el acto de preguntarse uno si quiere el querer que quiere. Lo que guía el fluir de nuestros haceres en nuestro vivir son nuestros deseos, teorías, doctrinas, creencias, religiones, fantasías, ambiciones … en fin nuestras ganas de vivir de un
modo u otro. Sin embargo, cualquiera sea el vivir que escogemos, lo que nos guía es la presencia básica de nuestros fundamentos humanos amorosos, o el cultivo de alguna teoría que justifica la negación de esos fundamentos desde un resentimiento íntimo por haber sido discriminado en el desamar. Sin embargo en el presente cambiante continuo de nuestro vivir siempre podemos reflexionar soltando nuestras
certidumbres y escoger … ¿escoger qué? ¿lo que tenemos que hacer, … lo que debemos hacer, o lo que queremos hacer, en la soledad o en la compañía del convivir con otros en proyecto común … que sólo es común desde el mutuo respeto? En un mundo sistémico-sistémico en el que cada acto de elección cambia el curso de la transformación multidimensional de su presente cambiante continuo no cabe una
elección por un resultado sin que surja la tentación del intento de forzarlo. Si uno no quiere esto último, lo único que se puede hacer es escoger una configuración de convivir que se quiera conservar como guía del vivir que se vive momento a momento, y surgirá espontáneamente como poética del convivir un mundo cambiante en el que
lo que se conserva hace sentido.

¿Qué configuración de convivir queremos conservar como un proyecto común en el
que cada uno de nosotros tenga presencia y el fluir de su vivir tenga sentido en la generación de bien-estar material y espiritual en el placer del querer hacer?

Escuela Matríztica

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¿Cambio, crecimiento o transformación?

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Vivimos un presente cultural en el que hablamos de crecimiento como si este fuese un valor deseable en sí. ¡Crecer … crecer! ¿Es eso lo que queremos? ¿Queremos que nuestros niños crezcan de manera indefinida? ¿Queremos que las ciudades crezcan de manera Indefinida? ¿Queremos que la población crezca de manera indefina? Existen las palabras monstruo y monstruosidad que hacen referencia a que algo tiene una forma fuera de toda armonía, lo que puede ocurrir por un crecimiento que va más allá de lo que lo hace coherente con la naturaleza de su ser o que distorsiona su forma de modo que su sentido operacional-relacional se pierde. Muchos economistas y políticos hablan de crecimiento como si el crecimiento en sí fuese a resolver nuestras dificultades para generar bien-estar social material y ético en un país. La noción de crecimiento es muy poderosa, pero parece que por sí sola no basta, apunta a un proceso de cambio lineal que oculta la naturaleza sistémica-sistémica de la existencia humana. ¿Faltará acaso la noción armonía?

Existe otra noción fundamental en el ámbito de la convivencia humana. Esta es la noción de transformación, noción que tiene un carácter muy diferente a la de crecimiento. La noción de crecimiento evoca un proceso intrínsecamente desbordante ya que no muestra desde sí ninguna dinámica relacional que incluya en ella una presencia sistémica que lo detenga. Al revés, la noción de transformación contiene, en la evocación de lo que hace, la atención a la dinámica relacional de su carácter sistémico como un proceso de cambio en torno a algo fundamental que no cambia sino que se conserva a través de los cambios.

La noción de crecimiento oculta como, algo obsceno, a las preguntas, ¿hasta cuándo? y ¿qué queremos que crezca, y cuánto? Interrogantes éstas que a su vez evocan en otros las preguntas, ¿cómo, duda Ud. del valor del crecimiento? ¿No quiere Ud. que crezcamos? Dejándonos en la tarea de buscar alguna argumentación racional que explique nuestra duda de manera objetiva.

Lo fundamental en la noción de transformación es lo que se conserva, y lo que se conserva le da sentido a lo que cambia. La noción de transformación, por lo tanto, trae consigo las preguntas ¿qué es lo que se quiere conservar? y sobre todo, ¿qué queremos conservar? Lo que nos deja de inmediato frente a la tarea de declarar nuestros deseos haciéndonos responsables de ellos.

¿Hasta cuanto queremos crecer? ¿Qué queremos conservar? Lo central de cualquier proceso de cambio, sea éste de crecimiento o transformación es lo que se conserva a través de él, pues en cualquier caso lo que se conserva define lo que puede o no puede cambiar sin destruir lo que se quiere conservar.

En general cuando hablamos de los problemas de pobreza, de educación, de salud o de trabajo en nuestro país, o en cualquier país, pensamos que se trata de problemas que se resuelven con crecimiento productivo y económico como si su naturaleza fuese lineal constituidos por situaciones de causa y efecto, aunque sabemos que no es así. El hecho es que rara vez nos detenemos a pensar y actuar responsablemente conscientes de que estos problemas se resolverán sólo si estamos dispuestos a aceptar que su naturaleza sistémica-sistémica nos pide a voces que nos orientemos a generar una transformación coherente de muchas dimensiones operacionales-relacionales de la realización de nuestro convivir social-cultural en torno a la conservación del modo de vivir y convivir ético y democrático que queremos, o decimos que querríamos vivir en nuestro país. El vivir-convivir ético-democrático como un convivir en el que estamos siempre dispuestos a corregir nuestros errores en la realización de ese propósito es una obra de arte que sólo existe en su continua realización si se la vive como una continua realización cotidiana de convivencia social-cultural.

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Calidad en la Educación

 

Mucho hablamos de calidad en nuestro presente cultural orientado al ámbito productivo. ¡Queremos productos de calidad! Y lo decimos como si esa palabra connotase algo que tiene un valor es sí y que puede ser propio de aquello a que se aplica. “Esta ropa es de calidad”, podemos decir, pero los estudiantes hacen manifestaciones en las que piden una “educación de calidad”, ¿qué piden? Cuando los estudiantes piden fin al “lucro” piden: “no más malversación de los fondos destinados a la educación”, su petición es clara, y dice: “queremos que los fondos destinados a la educación se gasten en la creación de una educación pública de calidad, y que no sean desviados hacia el enriquecimiento de los que son dueños de los colegios, escuelas y universidades.” Pero, surge nuevamente la pregunta, “¿qué se quiere decir al hablar de educación de calidad? “

Nos parece que la pasión que revelan las manifestaciones estudiantiles al pedir una educación de calidad muestra que ellos piden algo que es vital para ellos, y que eso solo puede ser algo que le dé sentido a su vivir más allá de la localidad o de las circunstancias particulares de su quehacer laboral futuro cualquiera sea este. Nosotros pensamos que lo que los estudiantes nos dicen, aunque no sepan cómo hacerlo, es: “Queremos que nuestras vidas tenga sentido en nuestro habitar donde quiera que nos toque vivir como ciudadanos democráticos con consciencia social y ética.”

Y ¿cómo se logra eso? ¡Eso se logra con educación de calidad! … La educación ocurre como una transformación en la convivencia. Desde su concepción los niños, niñas, jóvenes, … se transforman con los mayores con quienes conviven, ya sea pareciéndose a ellos porque ellos los inspiran, o diferenciándose de ellos porque nos les gusta y no respetan el vivir que esos mayores viven. El futuro de la humanidad no son los niños, niñas, jóvenes, … sino que nosotros, los mayores con quienes ellos conviven, porque el como esos niños, niñas, jóvenes … se transformen en su inevitable crecimiento, dependerá de cómo vivamos nosotros con ellos.

Los niños, niñas y jóvenes … quieren mayores a quienes respetar … y, ¿a qué mayores respetan ellos? Los niños, niñas y jóvenes respetan a los mayores que se respetan a si mismos, mayores que son responsables y serios en su quehacer, mayores que actúan con consciencia social y ética, mayores con sentido de responsabilidad en la colaboración consciente e inconsciente en la continua creación de un convivir generador de bien-estar y equidad social. Y eso ¿cómo se logra? ¡Se logra con educación de calidad! La educación de calidad ocurre cuando los mayores escuchan y tienen tiempo para contestar las preguntas de los niños, niñas y jóvenes que conviven con ellos; cuando los mayores actúan con consciencia social y ética en la realización de las tareas que les corresponde realizar; cuando los mayores se cuidan en hacer bien lo que hacen desde el respeto por si mismos; cuando los niños, niñas y jóvenes aprenden a reflexionar con mayores que reflexionan haciéndose conscientes de que ellos escogen el vivir que quieren vivir desde ellos y no desde otros; cuando los mayores hacen lo que hacen en el placer de hacerlo porque les da sentido social ético a su vivir, y los niños niñas y jóvenes aprenden ese vivir viviéndolo con ellos; cuando los mayores viven el mutuo cuidado desde el amar y la ternura como el fundamento de la amistad y la intimidad sexual; cuando los mayores viven y conviven entre si y con los menores en el mutuo respeto en la colaboración intencional a la vez que espontánea en la conservación de la armonía de la antroposfera y la biosfera en su vivir y convivir cotidianos…

En fin, la educación de calidad ocurre cuando los mayores se ocupan de que todo lo anterior suceda creando condiciones sensoriales-operacionales- relacionales donde la equidad social permita el bien-estar psíquico corporal que hace a eso posible. Sin duda la educación de calidad evocada en las reflexiones anteriores requiere un modo de convivir social fundamental en el que podamos tener ese vivir como un proyecto común de país con consciencia ética y responsabilidad ecológica, proyecto común cuyo ocurrir que vamos generando, realizando y revisando en el mutuo respeto de personas que no están atrapadas en ningún formalismo ideológico.

Cuando convivamos así en las escuelas, los colegios y las universidades; conversando y reflexionando como personas que disfrutan lo que hacen estando enteros ahí, sin angustias económicas que distraigan el alma, y que se han formado en un ámbito de acción y reflexión más amplio que aquel que enseñan, y lo hacen sintiendo que están creado entre todos, maestros, maestras y alumnos, un convivir de mutuo respeto y sentido social nacional con lo que hacen, tendremos educación de calidad.

Lo que nosotros escuchamos que los niños, niñas y jóvenes nos dicen cuando piden calidad en la educación nacional es:

“Queremos adultos que respetar, adultos que nos escuchan y que queremos escuchar, para aprender juntos a hacer todo lo que hay que hacer, en la diversidad cultural que vivimos, para crear de manera cotidiana un mundo ético de equidad social en el arte de la democracia que es la continua creación y conservación de la armonía entre la antroposfera de nuestro vivir humano y la biosfera como el mundo natural que nos contiene y hace posibles.”

¿Es esto difícil? Si no queremos hacerlo porque tenemos ambiciones y teorías que consciente o inconscientemente justifican la inequidad social en que actualmente vivimos y que generamos culturalmente, es imposible.

Pero si queremos hacerlo porque sentimos que ese convivir nos inspira porque tiene que ver con el mundo que les ofrecemos a nuestros hijos e hijas, sí es posible. ¿Cómo hacerlo? Tal vez no sabemos todos los detalles de cómo hacerlo, pero si sabemos que tenemos que comenzar ahora escuchándonos en el arte de la co-inspiración democrática de la equidad y nuestros niños, niñas y jóvenes aprenderán a convivir en la colaboración en el mutuo respeto en su vivir cotidiano si los mayores vivimos así, sin competir, sin ideologías que justifican la discriminación, sin ideologías que nos empujan a procesos lineales desbordados de ambición, de competencia, de acumulación de riquezas generadoras de pobreza y dolor, respetando la diversidad en la consciencia de que todos los seres humanos somos inteligentes y creadores responsables de los mundos que generamos en nuestro convivir en la tierra. Las tecnologías son instrumentos que podemos usar para crear lo más hermoso y lo más horrible, según lo que queramos; las teorías son instrumentos lógicos que podemos usar para justificar cualquier negación del respeto, de la colaboración o de la equidad, todo depende de lo que queramos; nuestras emociones guían todo nuestro hacer, no la razón, por eso el tema final es siempre ¿qué modo de convivir aprenderán nuestros hijos e hijas? El convivir que nuestros hijos e hijas así como de los amigos y amigas de nuestros hijos e hijas, dependerá siempre de cómo convivamos con ellos.

Y en esta reflexión acabamos de tocar un tema central en la historia de la humanidad en los últimos tres mil años: la democracia.

¿Será la democracia una ideología? ¿será la democracia una justificación política para hacer cualquier cosa? ¿será la democracia una obra de arte…?

Estas preguntas serán nuestro tema en una próxima reflexión inesperada.

 

Dávila&Maturana

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FAMILIA I

 

Si existe una palabra que aprendemos muy tempranamente es la palabra familia. Si vamos a la etimología de esta palabra nos encontramos con que puede provenir del latín fames (hambre)  y del término famulus (sirviente). Por lo tanto en sus orígenes la palabra familia se usaba para hacer referencia a un convivir de un grupo de personas que incluía a criados o esclavos que un hombre tenía como propiedad. He recurrido a algunas definiciones que dicen que familia es un modo de vivir que tiene ciertas características que con el paso del tiempo han ido variando, hasta llegar a ser hoy una organización como un grupo de personas unidas por un parentesco. Algunos expertos hablan de lazos, que pueden tener dos raíces: una vinculada a la afinidad surgida a partir del desarrollo de un vínculo reconocido a nivel social como lo es el matrimonio o adopción y de consanguinidad, como ocurre con una pareja cuando tiene hijos o hijas que pasan a ser sus descendientes directos. Y hoy en día suele entenderse el término familia como el lugar donde las personas aprenden a proteger y son cuidadas mas allá de sus relaciones de parentesco.  Resulta notable como ha evolucionado un concepto tan antiguo como nuestro propio origen humano.
¿Será la palabra familia un concepto, una organización, una definición o un modo de convivir?. En este punto yo voy a proponer una abstracción de lo que un observador distingue en este presente cuando distingue a una familia: “familia grupo de personas que viven juntos en el placer de la convivencia”. Y si seguimos la reflexión desde esta abstracción podemos darnos cuenta que una familia puede estar conformada por una abuela con sus nietos, por un grupo de amigos y amigas, por un hombre y una mujer, por una pareja con hijos … etc… porque lo que hace a la familia, familia es el placer de estar juntos en la convivencia y no la sola caracterización social.

 

Esta no es una abstracción antojadiza pues se basa en nuestros orígenes humanos. Lo humano tiene que haberse originado en la familia ancestral, como un grupo pequeño de primates bípedos que vivían juntos de la caza y de la recolección de alimentos. Y es precisamente en este grupo pequeño de primates bípedos donde se origina el lenguajear, como un modo de convivir en la coordinación a través de la historia individual y grupal,  de los sentires, haceres y emociones en la cotidianeidad del con-vivir. Este modo de vivir que pensamos que surgió hace unos tres millones de años es el modo de vivir que nos dio origen como especie humana y que aún conservamos como un aspecto fundamental de nuestro con-vivir.

 

¿Qué se ha conservado en el modo de vivir de la familia ancestral hasta nuestros días? Y ¿Qué no se ha conservado en el modo de vivir de la familia ancestral hasta hoy? Se ha conservado el vivir juntos, el compartir alimentos, o sea como tarea esencial el proveer a las personas que integran el grupo familiar de las necesidades básicas. Con los años esta responsabilidad recayó en el hombre de manera prioritaria pero con el paso del tiempo es tanto el hombre como la mujer quienes comparten la responsabilidad de proveer al núcleo familiar. Sin embargo hemos notado una gran perdida, que tiene que ver con la intimidad y la cercanía en el placer de estar juntos. Corremos todo el día para poder cumplir de manera eficiente los requerimientos impuestos socialmente como pagar cuentas, ser exitosos profesionalmente, mantener uno o mas trabajos para costear lo necesario. Y en este derivar hemos dejando de lado lo mas importante que es el bien-estar del espacio psíquico-emocional que es fundamental para la armonía de las personas que componen el grupo familiar.

 

Cuando hablo de espacio psíquico-emocional ¿a que me estoy refiriendo? Bueno al espacio de las conversaciones sin tiempo. A esas conversaciones donde nos escuchamos donde de verdad me importa lo que le sucede al otro la otra. Esas conversaciones donde podemos danzar juntos desde nuestros gustos, deseos y preferencias. Donde el que opinemos distintos no significa que nos separamos, donde nos amamos en el discenso.

 

Un modo de relacionarnos donde es permitido el error como un ocurrir natural dada la naturaleza de la clase de seres que somos, que no distinguimos en la experiencia entre ilusión y percepción, por lo tanto el error es posterior a la experiencia; donde entiendo que si mi hijo o hija o esposo o esposa o compañera o compañero se equivoco, confío que fue un error, no dudo, por lo tanto no castigo el error, pues cuando castigamos el error invitamos sin darnos cuenta a la mentira.  Un modo de relacionarnos donde prima el placer de la compañía, un lugar calientito a veces con carencias materiales pero un lugar, una familia donde deseo volver cada vez que salgo de mis tareas cotidianas.

 

Por eso quiero invitarlo/ a preguntarse ¿me gusta volver a casa después de mi horario de trabajo o no me gusta? Si me gusta, entonces mi tarea resulta genial en seguir relacionándonos de modo que todos en el grupo familiar lo pasamos bien, nos escuchamos, somos vistos nos sentimos amados. Y si me doy cuenta de que no me gusta volver, siento angustia de estar en casa con los míos es hora de preguntarse ¿qué modo de relacionarme estoy conservando en mi vivir cotidiano que no quiero conservar? Cuando nos damos cuenta de aquello tenemos un tesoro en nuestras manos, pues cuando uno distingue lo que desea conservar todo lo otro puede cambiar en torno a lo que se conserva. Nunca esta demás una buena conversación abierta honesta donde le muestro al otro o la otra o los otros que me esta sucediendo, que hace que esté en el mal-estar, y pedir ayuda para recuperar aquel espacio sagrado y ancestral que es nuestra familia. Y también le damos la oportunidad a los otros y otras para que abran su corazón y nos muestren sus sentires y emociones con respecto a como nos estamos relacionando. Así se instala la posibilidad de seguir una nueva deriva en las relaciones familiares. Y es importante también tomar consciencia de un decir que hemos convertido como en un mantra que es: ¡no tengo tiempo¡ Pues cuando uno dice que no tiene tiempo para conversar, en el fondo esta diciendo, que no tiene ganas.

 

El tiempo siempre aparece cuando uno tiene ganas de encontrarse con el otro la otra o los otros, las ganas son un primer movimiento que cambia la orientación de nuestro convivir.

 

Ximena Paz Dávila Yáñez

Pichidangui, enero 2014